Franlyn Stein: corpulento e inmenso con unos toques de retraso va de forma sigilosa por los terrenos de la residencia católica de los Teques ocultando sus casi 30 años. Va cabizbajo y sólo sube la mirada para verle el trasero a las muchachas después que pasan. Sólo observa, desde su cabina de vigilancia, todo lo que ocurre. Le gusta crear historias de las chicas y sumergirse en sus fantasías e imaginación con la ayuda del humo de un cigarro que parece nunca acabarse en su boca. Todo intruso, todo el que no sea de la residencia, representa una amenaza para él y sigue muy bien las reglas y las órdenes que le dieron de “proteger”, pero ser un poco tartamudo, nervioso y no ver a los ojos, provoca risas y bromas en las niñas que en vez de acercarse a él en busca de resguardo, se alejan y lo ven como un tipo raro. Todo este comportamiento se debe a que su papá era un señor extremadamente religioso y reprimido, y en su casa nadie podía opinar ni decir groserías. Debía ser perfecto y hacer las cosas de cierta manera. En el colegio se burlaban de él por sus modales de maricón y por sus uñas cada vez más cortas y dentro del pellejo a causa de los métodos radicales del padre ante los errores de formas de hablar o las notas bajas de la escuela. Iba cortándoselas hasta que salía sangre como parte de un castigo nunca provocado. Siempre estuvo enamorado de su madre. De esa mujer que lo ayudaba y protegía de todos los males. Que lo calmaba e introducía en mundos creados en cuentos de noche. Que lo convertía en superhéroe y domador de leones. Que le permitía escapar del infierno de su vida. Que lo salvaba y mantenía vivo. Por esa razón, Franklyn igualaba y comparaba a todas las mujeres con ella. Es el típico serial killer del que todos sospechan cuando ocurre algo malo. El hecho es que Franklyn puede ser cualquier cosa. Es un posible. Un posible todo.
Sonia Loboa: su disgusto consigo misma le ha hecho perder el control de su cuerpo, humor y mente. Para una profesora de 40 años sus capas de piel y sus estrías han acabado con sus senos enormes haciéndolos colgar al igual que el pellejo de su papada y sus brazos. Come para calmar sus necesidades como mujer ya que el tratar de satisfacerse a sí misma ha terminado por aburrirla. Al dar clases en la universidad ve con deseo a las muchachas del salón y memoriza todos los pequeños detalles: la forma en que se muerden los labios, la manera en que juegan con su cabello, la suavidad de su tono de voz y el olor a frutas que desprenden, para luego provocar las mismas sensaciones con una barra de chocolate o un cachapa full de mantequilla. Los estudiantes se sorprenden al verla caminar con bufandas extravagantes y lentes de sol de última moda que sólo buscan saciar su querer ser joven y bella. El hecho de ocultar su lesbianismo desenfrenado ha acabado con ella misma. Está frustrada por orgasmear tan sólo con los alimentos que ingiere y busca un escape en las carajitas que la provocan sin cesar en la facultad. Su único anhelo es relacionarse con alguna de ellas y penetrarla, llenarla, envolverla, vaciarla y tragársela.
