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Tengo 22, licenciada en letras de la UCV

Amaya

Me llamo Amaya Barrios y soy licenciada en letras de la UCV... Me encanta escribir y es lo que pienso hacer en este blog... Bienvenidos....

viernes, 10 de junio de 2011

Personajes

Franlyn Stein: corpulento e inmenso con unos toques de retraso va de forma sigilosa por los terrenos de la residencia católica de los Teques ocultando sus casi 30 años. Va cabizbajo y sólo sube la mirada para verle el trasero a las muchachas después que pasan. Sólo observa, desde su cabina de vigilancia, todo lo que ocurre. Le gusta crear historias de las chicas y sumergirse en sus fantasías e imaginación con la ayuda del humo de un cigarro que parece nunca acabarse en su boca. Todo intruso, todo el que no sea de la residencia, representa una amenaza para él y sigue muy bien las reglas y las órdenes que le dieron de “proteger”, pero ser un poco tartamudo, nervioso y no ver a los ojos, provoca risas y bromas en las niñas que en vez de acercarse a él en busca de resguardo, se alejan y lo ven como un tipo raro. Todo este comportamiento se debe a que su papá era un señor extremadamente religioso y reprimido, y en su casa nadie podía opinar ni decir groserías. Debía ser perfecto y hacer las cosas de cierta manera. En el colegio se burlaban de él por sus modales de maricón y por sus uñas cada vez más cortas y dentro del pellejo a causa de los métodos radicales del padre ante los errores de formas de hablar o las notas bajas de la escuela. Iba cortándoselas hasta que salía sangre como parte de un castigo nunca provocado. Siempre estuvo enamorado de su madre. De esa mujer que lo ayudaba y protegía de todos los males. Que lo calmaba e introducía en mundos creados en cuentos de noche. Que lo convertía en superhéroe y domador de leones. Que le permitía escapar del infierno de su vida. Que lo salvaba y mantenía vivo. Por esa razón, Franklyn igualaba y comparaba a todas las mujeres con ella. Es el típico serial killer del que todos sospechan cuando ocurre algo malo. El hecho es que Franklyn puede ser cualquier cosa. Es un posible. Un posible todo.

Sonia Loboa: su disgusto consigo misma le ha hecho perder el control de su cuerpo, humor y mente. Para una profesora de 40 años sus capas de piel y sus estrías han acabado con sus senos enormes haciéndolos colgar al igual que el pellejo de su papada y sus brazos. Come para calmar sus necesidades como mujer ya que el tratar de satisfacerse a sí misma ha terminado por aburrirla. Al dar clases en la universidad ve con deseo a las muchachas del salón y memoriza todos los pequeños detalles: la forma en que se muerden los labios, la manera en que juegan con su cabello, la suavidad de su tono de voz y el olor a frutas que desprenden, para luego provocar las mismas sensaciones con una barra de chocolate o un cachapa full de mantequilla. Los estudiantes se sorprenden al verla caminar con bufandas extravagantes y lentes de sol de última moda que sólo buscan saciar su querer ser joven y bella. El hecho de ocultar su lesbianismo desenfrenado ha acabado con ella misma. Está frustrada por orgasmear tan sólo con los alimentos que ingiere y busca un escape en las carajitas que la provocan sin cesar en la facultad. Su único anhelo es relacionarse con alguna de ellas y penetrarla, llenarla, envolverla, vaciarla y tragársela.

jueves, 26 de mayo de 2011

Reveron

Reverón, una magnífica película de Diego Rísquez que sin duda alguna volvería a ver, me atrapó por completo desde el principio donde la alegría de un pueblo, incita a adentrarnos en un mundo desconocido, en un mundo fuera de lo normal y común, en un mundo al que no estamos acostumbrados. La música abarcando los escenarios de pasión, locura, pintura, amor, recreos, seducción, colores y luz me inundaron de una felicidad indescriptible. Los tambores me invitaban constantemente a adentrarme en la historia y bailar con Armando mientras hacía sus ritos antes de usar la paleta de colores. Juanita, con su cariño, dulzura y ternura hicieron que no quisiera irme nunca del Castillete; hizo que me sintiera en casa, que me sintiera cómoda y que me sintiera segura. Armando con sus juegos me divirtió e hizo que estallara en carcajadas en varias ocasiones. Sí me hubiese gustado que su locura, como siento con el verdadero Armando Reverón, hubiese sido menos burlona, menos de payaso. Me hubiese encantado que su locura se hubiese mostrado como una pelea interna, algo de no encajar, de estar en una tormenta constante, pero por dentro; Una enajenación muda, una demencia que se lleva adentro. Quedé con ganas de más silencios, como el del principio, porque así, se entiende más el personaje, con pura imagen. Puros rostros, pura luz. Entiendo que Armando cuando tenía visita hacía un show donde jugaba con el duelo que tenía entre la realidad y la fantasía, lo irreal, la ficción, pero esto no era un estar constante, no era así permanentemente; Todo lo contrario, era reflexivo, pensativo, ensimismado, abstraído de las verdades absolutas. Faltó esto y se vio una actuación, aunque extraordinaria, sobreactuada un poco en el sentido de que imaginaba a este personaje más calmado y más recogido, absorto en lo que él creía que era el mundo, su mundo propio. No lo veía haciendo ritos con velas, sino simplemente sentado viendo el mar, abrumado por la grandeza de la naturaleza que lo rodeaba. A partir de esto debo decir que Juanita para mí, salvó la película. Qué grande, qué asombrosa, qué sorprendente. Simple pero fuerte. Sencillo pero con una potencia increíble.
Me encantó y quedé maravillada de que se pueda hacer algo de esta magnitud en este país. Una belleza.

lunes, 23 de mayo de 2011

Taxi Driver


Martin Scorsese trabaja en taxi driver (1976) a las criaturas de la noche. Los hombres lobo se convierten en travestis, las zorras en prostitutas, los búhos en malandros, las águilas en ladrones, los tigres en pordioseros… La oscuridad parece sacar la realidad y los verdaderos e intensos personajes de Manhattan; los que viven en las alcantarillas y salen a inundar las calles de basura e inmundicia. Travis Bickle (Robert De Niro) decide ser taxista de noche por no poder dormir y se mezcla con la oscuridad y sus criaturas sin importarle los riesgos, la raza, las drogas, la sangre o el semen que forman un verdadero caos en la parte de atrás de su carro. Parece tener una doble vida donde en una, está obsesionado por esa suciedad, por esa peste que abarca la noche y otra, donde conoce a una mujer, Betsy, quien lo salva y lo envuelve con su sensibilidad y feminidad. La invita a su mundo: a ver una película porno y termina alejándola, asustándola. Esta es una de las razones por la que pasa a formar parte de los crímenes de la noche, de la agresividad y abuso. Compra 4 pistolas y adopta las enseñanzas y conocimientos que la noche le brinda. Comienza a ser parte de ella. Se convierte en ella. La mala jugada con Betsy hace que quiera salvar a una prostituta (Iris). Se involucra tanto con lo oscuro que empieza a formar parte de él, pero una matazón entre él y los proxenetas termina con todo ahogando todo en un baño de sangre.

 La noche es demasiado atractiva para todos: para Iris que no quiere salir de su trabajo hasta que Travis logra enviarla a donde sus padres, Betsy quien intenta adaptarse a lo que la rodea y es ya una realidad, y Bickle quien siente que recorrerla y vivirla es lo único que lo hace ser.
Lo grotesco de la noche, los disparos, la saliva, los fluidos, la agresividad, y toda esa interacción social hacen que Travis se sienta cada vez más solo. Cuando se mira al espejo y se pregunta –Are you talking to me? Im the only one here- demuestra precisamente que no tiene ningún contacto con nadie que no sea con él mismo. De allí sale la necesidad de participar con lo oscuro, de adentrarse en ese mundo que antes sólo observaba desde su taxi.
Scorsese se destaca con esta obra donde plantea esa enajenación del hombre y esa transformación que sale a partir de la soledad y que lo convierte en un ser con rabia y odio hacia el mundo.
Aplaudo, aplaudo esta maravillosa película.
  

domingo, 22 de mayo de 2011

Literatura


Definir la literatura parece una tarea complicada, por no decir imposible, ya que su noción es variable y está en constante cambio: siempre renovándose y modificándose. Para mí la literatura es un viaje a lo desconocido, un traslado de un punto a otro, donde el vehículo, al moverse, le da identidad a una nación y se convierte en su esencia. La literatura pues, es un norte, una guía de donde se parte, un modelo social y civil que designa lo indesignable, revela lo que no sabíamos o pasábamos por alto, y con esto, intenta provocar a las personas a pensar y a cuestionarse.

 La literatura es la expresión de formas de ver el mundo e incita a que la interpretación vuele en tornados de imágenes dentro de la imaginación de cada quien. Es una base que evoca y llama a los demonios internos para que se desaten y sean libres y salvajes para así, crear ficciones con la palabra.

La literatura es el arte que intenta imitar la realidad y termina siendo el producto de la humanidad, el producto de la vida, el producto de una comunicación mediante la expresión de belleza y deleite, y el producto que le da orden y sentido al mundo.

La lista de Shindler

Crocovia-Polonia, situada al oeste de la Alemania ocupada por los nazis al estallar la Segunda Guerra Mundial, contiene miles de familias de judíos que se vieron en la necesidad de abandonar sus lujosas casas para trasladarse a un gueto. Allí viven en la miseria, en la ruina y en la pobreza extrema. Al ser invadida y forjada por los nazis, se ven obligados a tragarse sus joyas con un poco de pan, callar sus estudios e inteligencia, darle veneno a los enfermos terminales, separarse de sus más queridos y esconderse entre paredes, techos, pisos, camas, closets, escaleras, y cualquier espacio donde cupiesen sus cuerpos. El gueto es liquidado, saqueado y vaciado de historias y amores de la “plaga” de judíos.
Oskar Schindler a la vez, aprovecha la guerra para hacerse rico utilizando empleados, precisamente judíos, para sacarlos de las listas de los que iban a ser asesinados por no ser “esenciales”. Tras la invasión del gueto, Schindler pierde a mucho de sus trabajadores, por lo que se alía con un comandante de los nazis, Amon Goeth, quien manda y maneja el campo de concentración, y éste le da su “independencia”, con lo que vuelve a hacer su lista de obreros hábiles con la ayuda de su contador Stern. Su fábrica comienza a ser un refugio que salva a los que más se destacan en el campo.
Ante el mandato de Goeth nadie está a salvo. No hay reglas para salvarse porque para él la gente no significa nada y tiene el poder de matar porque le complace y le brinda un goce inexplicable. A pesar del intento de Shindler en ablandarlo y tratar de que sea “el bueno”, nada le impide cargar con los cuerpos de 10000 judíos que son exhumados e incinerados. Una completa masacre.
Schindler hace una lista donde compra a los judíos del campo de concentración de Amon, para llevárselos a un lugar seguro (Brünnlitz-Checoslovaquia) y construir su fábrica de municiones. A pesar de aprovecharse de ellos, logró salvar a 1100 judíos y quedó pensando “pude haber salvado a más personas”.
Steven Spielberg nos estremece con esta magistral obra donde afloran sentimientos desgarradores por la humanidad.

El ladron de orquideas


Spike Jonze trabaja el tema del peligroso trabajo de escribir. Por un lado, escribir acerca de un personaje lleno de esperanzas, de proyectos, de amores y pasiones, y de tanta vida, parece inundar las tristezas de quien lo aborde, como es el caso de Susan (Meryl Streep) quien se nos presenta como una mujer perdida en un matrimonio y un trabajo en el New Yorker, y quien puede ser salvada tan sólo por la escritura del personaje de John que la invita a llenarse de ese mundo intenso, penetrante y de aventuras que vive. Por otro, encontramos el inseguro, dudoso e inexacto modo de escribir de Charlie Kaufman (Nicolas Cage) quien pretende despegarse del libro best-seller de Susan y crear un guión totalmente distinto. Intenta que sea una adaptación de lo literario ya escrito, pero que sea algo completamente original. Su frustración llega al no poder encontrar inspiración porque debe seguir las reglas ya establecidas en el libro y no poder liberarse de la guía que lo mueve. Los guiones sencillos y casi ridículos de su hermano gemelo Donald, lo ponen en tensión y de mal humor. Le es difícil creer que alguien que siempre está con mujeres, que bebe y se va de fiestas, y que vive de esa manera tan superficial, pueda escribir guiones, que al parecer son excelentes, y ganar millones. La escritura de un guión próximo a la realidad parece ser la única forma de salir del caos que tiene Charlie en su mente. Se involucra en lo que escribe, se mete en su propia historia para vivirla y sentirla y de esta manera, parece estar más satisfecho. Por el hecho de tener una historia creíble y tangible. El problema llega cuando descubre que su personaje adorado, Susan, no es como creía sino todo lo contrario. Jonze, con un final pienso que apurado y empujado sobre la muerte de John y su hermano Donald (por enterarse de su “otra” vida, Susan decide matar a los hermanos con la ayuda de su nuevo amante) parece confirmar que escribir acerca de la vida de uno mismo es trabajo arriesgado y temeroso.


sábado, 21 de mayo de 2011

Aceite

Aceite

El despertador sonaba a lo lejos. Era atorrante. Era realmente insoportable y sofocante. Una mano gorda y torpe empezó a tantear el terreno. Primero la pared, luego una hamburguesa mordida en la mesa de noche, y fue golpeando todo, desde un pote de pastillas, una lámpara, helado, hasta llegar al aparato que chillaba sin cesar. Lo apretó, meneó y sacudió, pero seguía con su ruido incesante. La mano logró empujarlo y el viejo reloj cayó en un cesto de basura llena de un líquido con grumos y tropiezos color marrón con rojo. Esta especie de fluido espeso y movedizo pareció tragarse el reloj sin ningún esfuerzo, disipando el sonido hasta matarlo. La manó regresó y desapareció entre la cobija de una cama donde un cuerpo soñoliento ocupaba la mitad de su tamaño king size. Sonó el teléfono y una almohada sobre la cabeza pareció la manera perfecta de olvidarse del mundo, del sonido, de la gente, del trabajo y de sí misma. La llamada terminó pero en seguida el ring ring la exasperó. Por partes, como si fuese un largo y tedioso proceso, el cuerpo se puso de lado, el brazo empujó el colchón, las piernas salieron hacia lo que para ella era un infinito viaje hasta el piso, y atendió. Ya era la quinta vez que sonaba. Silencio. Una voz ronca y como si cargara una tristeza superior a todos los males respondió
-Hoy no creo poder ir a la oficina, discúlpame… sí, lo sé… ah bueno… está bien, no se preocupe… si es urgente… pues si lo necesita hoy mismo, yo voy… ¡claro, entiendo…! llegaré en una hora-.
Se paró con una lentitud sufrida casi insoportable de ver y se dirigió a su lugar de refugio y trampa. Ese espacio que la amenazaba y llevaba al límite del precipicio pero que, a la misma vez, la tranquilizaba y reconfortaba de alguna manera que no conocía. No soportaba ese sitio pero era su lugar seguro. Se paró ante él primero con los ojos cerrados. Esta era su rutina y sin embargo cada día debía prepararse para el rito. Abrió los ojos despacio. Era como si cualquier movimiento de cuerpo le doliera. Como si hubiese estado inmovilizada por años y el despertar brusco y súbito hiciera que sus huesos crujieran. La imagen que apareció en el espejo fue inquietante y lo mostró con una mueca de disgusto. Se quitó el gran camisón blanco talla XXXXXXL y quedó completamente desnuda. Cambió de posición varias veces. De frente, con sus senos monstruosos que colgaban deprimidos de su pecho, hizo el mismo gesto. Su expresión no cambió cuando se puso de lado y cuando le dio la espalda a su reflejo. Cuando volvió a su posición original, se vio con humillación y maltrato su celulitis, estrías, várices y pedazos de piel que se cubrían entre sí, y empezó a pellizcarse los rollos. Agarraba duro zonas de su piel y la extendía hasta sus límites desde donde la soltaba haciendo que el resto de la barriga temblara. Hizo esto hasta que la zona se tornó morada con fucsia y luego subió la mirada para rechazarse nuevamente.
Su asombro llegó cuando los pedazos de estómago empezaron a caer sobre la alfombra, a deslizarse por el suelo, subir la pared y lanzarse por la ventana. Las capas de grasa comenzaron a desprenderse de su cuerpo y hacer pequeños grupos, cómplices entre ellos, de enfrentamiento contra la mujer de quien hasta unos segundos eran parte, que los había creado, implicados en una huida de su guarida. Ella, perpleja, veía cómo su barriga después de ser desprovista de carne, empezó a ser líquido, líquido que corría por sus piernas y creaba pozos inmensos a su alrededor. El olor empezó a ser más fuerte. Olía a aceite. Su grasa era aceite. Estaba desprendiendo aceite. Olió después a algo frito. Algo que se mezclaba con el aceite y dirigió la mirada a la ventana, donde algo parecía volar, o más bien, caer. Se acercó a la ventana y se dio cuenta que desde su apartamento salía humo. Su PH estallaba en llamas y sus vecinos, desesperados y sin hallar otra solución, salían del espejo y se lanzaban al vacío. Observó sus cuerpos perfectos desplomándose y convirtiéndose en pedazos de carne. Se transformaron en grasa, en su grasa, en grasa de la barriga de aquella mujer. Cerró la ventana y volvió al espejo. Esta vez levantó la mirada más rápido. Esta vez se pasó la mano por sus costillas hambrientas, por sus piernas desnutridas (hirsutas, reducidas a hueso), por su cara cadavérica donde su piel tocaba sus huesos, sus chupadas nalgas, y se sentó en el piso, derrotada. Esta vez vio su mano y escondió todos sus dedos menos el índice, el cual metió en su boca y empujó hasta la garganta, provocando pequeñas convulsiones que finalmente hicieron que estallara un chorro de líquido espeso, con grumos y tropiezos, color marrón y rojo.

martes, 17 de mayo de 2011

Madres e hijas

Rodrigo García, director de Nueve vidas (2005), Passengers (2008) y Cosas que diría con sólo mirarla (2001) demuestra su aprecio para las historias cruzadas que se conectan entre sí en la película Madres e hijas (2009). Las vidas interconectadas de sus tres personajes femeninos: Karen, Elizabeth y Lucy, representan los tres pilares o más bien, personajes de la adopción. La madre que por circunstancias de la vida decide dar a su hija en adopción, la adoptada y la mujer que desea con vehemencia adoptar. La que siente un rechazo por la hija, la que siente el abandono de la madre y la que se siente incapaz de crear un hijo.

Karen (Annette Bening), una niña de 14 años, decide dar su hija en adopción tras la insistencia de su madre quien cree estar haciendo lo mejor para ambas, hija y niña. 36 años después nos encontramos con que ésta mujer, completamente sola y trabajando en un sitio de terapias para ancianos, sigue arrepentida de la decisión tomada. A pesar de perder a su madre quien la había privado de tener a su bebé, y de necesitar cariño constante, Karen no da su brazo a torcer cuando conoce al amor de su vida por miedo al rechazo. Poco a poco se abre y entabla una relación sentimental con él y es cuando decide buscar a su hija.

Elizabeth (Naomi Watts), de 36 años, aparece como una mujer fuerte, segura de sí misma y de la persona que es. Empieza a trabajar en una firma de abogados y pronto, entabla una relación sexual con su jefe. Por el hecho de tener una identidad arrebatada, es decir, haber sido dada en adopción, Elizabeth tiene problemas en cuanto a establecer vínculos fuertes con las otras personas que realmente se interesan por ella, por lo que, sin querer, intenta desprenderse de ellas, incluso cuando más las necesita. Así sucede cuando queda embarazada de Paul (Samuel L. Jackson) y decide dejar la firma. El abandono la tumba y es cuando decide contactar a su madre con la ayuda de un lugar especializado y encargado de adopciones. Una noche, cargando unas cajas pesadas, tiene dolores y finalmente, al llegar al hospital, muere.

Lucy (Kerry Washington), mujer encantadora y suave, está desesperada por ser madre y cree que está lista para serlo, con o sin su esposo. Ha hecho el intento numerosas veces y finalmente cree que la adopción es la opción que más le conviene. Nerviosa, torpe y tratando de impresionar, va a entrevistarse con una niña quien quiere dar a su hija en adopción. La “operación” no logra darse pues la niña se arrepiente al sostener a la bebé y no logra concluir el proceso. Lucy quedará destrozada y sola pero luego, verá luces cuando una monja le da la noticia que hay una niña recién nacida y sin madre.

Rodrigo García reúne en esta película los temas de la maternidad y los lazos irrompibles entre madres e hijas donde la sangre no es lo más importante. Aborda también temas acerca de las decisiones tomadas, las oportunidades perdidas y el poder de los vínculos.

lunes, 16 de mayo de 2011

Juan Carlos Mendez Guedez

Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967), ha retornado a Venezuela después de años de ausencia para presentarnos una nueva edición de El libro de Esther y hacernos sentir orgullosos de la literatura venezolana actual. En esta novela, finalista del XII Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (1999), el autor nos relata la vida del joven Eleazar a partir de las dos grandes pasiones que lo mueven: la adolescencia y su primer amor, Esther. Retejiendo un recuerdo que parece ahora lejano, Méndez Guédez logra transmitirnos sus sentimientos a flor de piel, siempre presentes, por la pérdida de esa muchacha que lo marcó desde el liceo por circunstancias, y situaciones que se desenvuelven en cadena desde su fiesta de graduación.

Los amores de liceo parecen estampar nuestras vidas de alguna u otra manera. La rutina de convivir día a día con alguien puede convertir un simple gusto en un amor que de súbito estalla en pasiones desbordadas. Juan Carlos comparte con sus lectores la historia de un joven que no quiere desprenderse de ese amor de recreos. Amor de libros, amor teórico, amor, si se quiere, platónico que, por momentos, recuerda al que Francisco Massiani recrea en su novela Piedra de Mar.


Méndez Guédez nos introduce en un viaje místico y un poco trastornado siendo perseguido por ese amor juvenil.  Nos involucra en su búsqueda torpe y descabellada por las Islas Canarias, de ese amor malogrado y fracasado. Nos toma de la mano y hace que penetremos en un carnaval que inunda las calles llenas de disfraces, máscaras, calor, gritos y sudor.

Con esta segunda edición, la primera en 1999, la editorial Lugar Común de la serie de Relectura marca su entrada en el mercado editorial venezolano bajo una iniciativa de varios jóvenes emprendedores (Willy McKey, Garcilaso Pumar, Luis Yslas y Rodrigo Blanco)quienes aseguran que este autor venezolano podría describirse como una voz enfatizada y acentuada de la nueva narrativa hispanoamericana y que es una gran promesa.

lunes, 9 de mayo de 2011

Hubo siempre contradicciones en nuestra relación. A veces sentía que éramos dos islas completamente distintas con mucha, mucha, agua entre nosotros. Sentía que el límite estaba en cualquier error, así hubiese sido yo la que lo instigara. En muchas ocasiones lo senté en la cama del apartamento de la Guaira (nuestro pequeño apartamento que usábamos como escapatoria de la rutina y cansancio que puede producir Caracas) y le decía cómo quería que fuesen las cosas, cómo debía actuar él en diferentes escenarios, qué debía pasar si sucedía esto o cómo debía mirar si pasaba lo otro. Eran clases donde él me daba la razón y yo sentía que lo ataba cada vez más fuerte a mí y mis necesidades de amor absoluto.

Un amor así de fuerte y forzado no suele ser verdadero. Así lo creía a veces. Sándor Márai llegó a escribir que “no se puede amar con tanto crispamiento y delirio” y creo que tiene razón. Todo amor que esté alrededor de un límite, está destinado a morir. Cuando me di cuenta de esto, no sabía si era muy tarde. Hice lo que pude por recuperarlo. Poco a poco lo logré y volvió esa pasión desenfrenada donde estaba hambrienta y sintiendo que moría poco a poco sin su cuerpo. Necesitaba que su amor me penetrara y me llenara. Que me salvara, que me hiciera volar. Que me envenenara y ardiese alrededor suyo. Alguna vez salió de mi boca “Atraviésame… entra en mí y has que agonice repitiendo tu nombre. Te quiero sobre mí… siempre. Ámame hasta la última nube, ámame hasta el fondo del abismo”.

Esa pasión torpe buscaba, quería y deseaba. Reclamaba infinita cantidad de besos diarios; de lenguas que se cruzaban, que jugaban, que se tocaban y lubricaban, que se saboreaban y se obsesionaban.

A veces trataba de imaginarlo como un extraño, trataba de verlo como alguien completamente desconocido… Me encantaba, me emocionaba. Entonces… jugaba a seducirlo desde cero. Lo hacía mío como si fuese la primera vez. Nuestro amor era siempre nuevo, siempre fresco y siempre rico. No nos conformábamos… siempre buscábamos algo más.

Amor prohibido, amor intrigante. A veces se me escapan frases como “mátame con tu cuerpo; márcame con tus besos y tus dedos que se deslizan para llenarme; derríteme con el calor de tu piel rozando la mía y poséeme”.

Me enamoré de sus ojos buscando en mi interior las respuestas para calmar su sed; me enamoré de sus manos indagando, encontrando, recorriendo espacios desconocidos; me enamoré de su nariz atada a su deseo.

Me tiene completa, y sin embargo, me sigue buscando. Le suplicaba “sigue… no pares jamás. Deja que tu sangre se alborote cada vez que estemos cerca. Deja que sea interminable esta pasión. No te conformes, sigue buscando, sigue inyectándome tú amor venenoso. Mátame de apego, mátame de adhesión, mátame amor, de amor por ti”.

Cerraba los ojos y lo sabía, saboreaba mis labios y lo sabía, lo reconocía en mi piel y dentro de ella. Estaba metido, estaba adentro… haciéndome explotar desde el interior, desde ese lugar que ambos conocíamos, que era sólo nuestro.

¿Era posible todo eso? Que lo amara de esta manera en tan sólo 3, 4, 5 meses… que quisiera darle todo y darme completa a él… Yo creía en esto y para mí era suficiente. No necesitamos más. Él y yo. Yo abriéndome y él envolviéndome. Yo su piel, él mi sangre.

Juntos éramos uno y así, éramos todo. Éramos todas las respuestas que habíamos estado buscando siempre. Éramos el qué, el dónde y el por qué.

celos absurdos

Las relaciones siempre tienen problemas y yo estaba acostumbrada a causarlos. Necesitaba jurungar heridas y momentos embarazosos para sentirme completa. Necesitaba caos y llanto. Ya para estos momentos está claro que soy rara. Pero tuve la necesidad con Eduardo de enredar las cosas, de cuestionar y arruinar mi felicidad. Ese deseo de caer era representado en mí como un querer deshacer. Llevar las cosas a los precipicios y que el peso y la gravedad hicieran de las suyas. Quería botar todo por la poceta y esperar que otro la bajara. Quería destrozar todo lo que había pasado hasta entonces porque… porque sí. No soportaba la perfección ni la felicidad. Extrañaba mis arrebatos contra el mundo y el odio a mí misma. Quería recuperarlos.

Cada día era como si quisiera enterarme de un detalle de su vida que no estaba pasando. No eran secretos los que descubría. No revisaba su celular como hacía con otros noviazgos ni mandaba a amigas que se hicieran pasar por otras y le escribieran. Una vez hice eso y me llevé tremenda sorpresa. Estaba saliendo con un chico que me fascinaba, pero que tenía algo que no se sentía bien. No me sentía segura de él. De tenerlo. De pertenecerle. Le pedí a una amiga que le escribiera a su celular y viese qué tal era. El resultado fue espantoso. El chamo, Ricardo, le echó los perros, la invitó a salir y le mandó fotos desnudo. Qué patético. Hay que estar seguro de con quién se está. Los hombres son un peligro. O por lo menos los que yo elijo.

La cuestión era que yo inventaba todo con Eduardo. Mis sueños no ayudaban en nada sino que confundían y mezclaban las situaciones. Con lo que había pasado –Sus errores y equivocaciones- y mi imaginación, estallaban historias locas y absurdas que explotaban en peleas. Llegó un momento en que quise discutir por los sueños que estaba teniendo. Soñaba que Eduardo dejaba de sentir pasión y amor por mí. Soñaba que ya no estaba enamorado. Soñaba que me ignoraba en reuniones y fiestas con mis amigos. Soñaba siempre que él hablaba y reía con Gabriela y cuando yo le reclamaba, me gritaba que eso no tenía nada de malo o simplemente se burlaba y su risa se unía con la de ella. Soñaba que ellos eran cómplices secretos… que llevaban una relación en otra vida, en una vida paralela, donde eran perfectos. Soñaba que se decían secretos y se sentaban de cerca apuntándome con sonrisas en sus caras. Soñaba siempre con ella. Con aquella mujer con la que me habían comparado, igualado. Soñaba con actitudes conocidas donde me señalaban que era como cualquier otra, que no destacaba por encima de nadie, que no era especial, que querían más. Gustavo nunca supo explicarme bien. Nunca supo tranquilizarme. No supo no perderme dentro de los laberintos que se formaban en mi cabeza.

Lo peor era que yo misma, creadora de las historias, me las creía tanto y sabía la forma exacta para reclamarle y exprimir las situaciones para que saliera hasta la última gota, que él terminaba pidiendo perdón y justificando sus tropiezos. Era fácil imaginarlo en los brazos de otra. Era fácil verlo como amante de mujeres salvajes, con fuego y con carácter. Otra yo, por supuesto… no lo veía con alguien inferior a mí. ¿Para qué? Yo lo era todo… mujer y niña… amante y esposa. Era fácil. Ya lo había hecho. Ya había creado el hueco. Ya había abierto el grifo de la desconfianza, de las andanzas en picado, de los terremotos y tsunamis emocionales.

Los celos eran sólo teorías descontroladas… pera eran tan fuertes que la práctica se desarrollaba ante mí en frases como “voy a donde Enrique a buscar unas películas”, “voy a bajar a comprar cigarros al kiosco”, “no respondí porque no tenía señal”, “es mi prima y tiene 15 años”, “no es nadie, sólo una vecina que, por vainas de la vida, le tocó subir el ascensor conmigo”. Todo lo que decía eran bombas para mí. Bombas de proximidad. Esas que pones (como una trampa para ratones) que titilan captando el movimiento, pero que explotan cuando le pasas por encima. Ya no era capaz de tolerar las cosas más insignificantes.

Había un vértigo en mi amor por Eduardo que se podría discutir. La profundidad infinita de su amor me intrigaba, me seducía, me engañaba para que cayera. Quería caer. Quería entrar en su interior que era, para mí, infinito. Pero no ponía fuerza. No me resistía. No peleaba en contra de esas manos que me halaban hacia adentro… dentro de él… como debería suceder cuando te enfrentas con el vértigo… sino que me dejaba ir con sus vientos absorbentes. Deseaba adentrarme. Quería caer. ¿El vértigo es querer derrumbarse o defenderse ante la posibilidad de caer? No lo sé.

Puse nuestra relación en riesgo. Lo quise así. Quise el límite. Siempre el último chance. La última oportunidad. Así era más intenso y por lo tanto, más real. Lo dejé en el borde del precipicio y lo puse a prueba a ver si resistía la presión del vértigo. A ver si se dejaba caer o luchaba por mantenerse en puntillas. ¿Dejarse ir significaba que no me amaba y escogía una vida sin complicaciones, disfraces y tormentos? ¿Luchar en contra era querer estar constantemente fingiendo y adornando las cosas para que yo fuese feliz? ¿Era todo lo contrario? ¿Tenía que ver con esto?

Juego de palabras

La ruta estaba abierta. Había dejado que se abriera. Una ruta perversa que era una locura errónea llena de juegos absurdos y suspiros sádicos dentro de un cuerpo instantáneo. Había dejado que un control obsceno que derretía el hielo y depositaba fuegos líquidos en dosis rudas dentro de un cuerpo arrancado explotara dentro de mí. Dejé que la llave quedara adentro atrapada en fluidos de fuego, fluidos juzgados, convirtiéndose en polvos venenosos, en errores líquidos. Las puertas hacia lo perverso a veces se cerraban por cuestiones que se me salían de las manos, haciendo que los suspiros se derritieran y se volvieran humo, que hubiesen polvos arrancados de cuerpos mordidos y pecados falsos en el límite de los huesos. Pero había una potencia del cuerpo con una obsesión venenosa tan fuerte, que anhelaba los límites de lo perverso dada en dosis pasionales, en dosis de suspiros, en polvos derretidos, en errores obscenos. Nos encantaban esas equivocaciones.

Eduardo tenía la llave de mis huesos. Yo era su obsesión en potencia. Mi control había desaparecido y las puertas de mi cuerpo quedaron abiertas a los instintos, esperando una aventura venenosa prometida. El humo espeso de los fuegos del cuerpo quedó como juego interno, juego nuestro. Juegos del pecado que mordían el líquido, juegos sucios con fluidos obscenos, fluidos rudos, fluidos derretidos, juegos venenosos con líquidos arrancados. Teníamos que cuidarnos de esos juegos del fuego porque no era un fuego medido ni un fuego limitado y controlado, sino que todo era un juego abarcante. Lo que hacíamos era jugar con pecados venenosos, con los instintos arrancados y volvíamos todo un líquido perverso, líquido sádico, líquido duro que mordíamos despacio dentro de la aventura del polvo.

Lo nuestro nos llevaba pasión adentro, a las entrañas del polvo del fuego. Lo nuestro no eran errores del cuerpo y no había ningún tipo de juicio pasional para decirnos lo que era correcto de la cintura para abajo. Lo nuestro era dos cuerpos de aventuras dentro del humo de los huesos. Era una desaparición adentro que iba arrancando el líquido por un camino rudo y límites rojos. No había control sexual sino un control perverso y espeso que se expandía con gritos absurdos, fluidos rápidos, instintos venenosos, líquidos verdaderos en esa ruta roja. Nos encantaba vivir en el fuego y tener esos cuerpos venenosos… cuerpos hechos humo viviendo el pecado.

Buscando mas

Había encontrado mi lugar, mi hogar, mi sitio seguro. En el corazón de Eduardo había depositado mis ganas, anhelos y sueños. Había crecido en él.

Tratábamos de callar nuestro amor, de esconderlo para mantenerlo puro y virgen. De tenerlo lejos de las palabras, caras, chismes y paja de terceros que no tenían nada que ver con nosotros. En el silencio cómplice de nuestro amor, nos entendíamos. Ese mismo que nos calmaba, nutria y satisfacía. No necesitábamos gritar nuestra pasión sino que al mantenerla encerrada, ésta se concentraba y solidificaba. Cuando el callar se volvía insoportable, gritábamos y estallábamos uno dentro del otro llenándonos de peces escurridizos llenos de fantasías.

Nos buscábamos el uno al otro para acompañarnos en nuestras traiciones, mentiras y culpas. Yo buscaba sentir su pasado para entender sus parrandas, sus putas y sus locuras. Él trataba de hacerme entender que sus caídas y tropiezos me habían ayudado a estar allí. Allí para él. Lista para él.

Dentro de nuestros abandonos instantáneos en los que tratábamos de cambiar y olvidarnos, aparecían luces de repente que nos iluminaban el camino para hacernos saber que nos pertenecíamos. Que debíamos buscar –no fuera- sino dentro de cada uno para hallarnos. Que las respuestas en cuanto a compañía, pareja, cariño, estaban en la mirada del otro.

Nos abandonábamos casi a diario tras mini peleas, pero sólo para darnos cuenta que nuestra sed y ansiedad se saciaba al volver a estar juntos. Nos tocaba resignarnos y entender que teníamos que estar en pareja, como amantes en uno solo. Punto.

Éramos extranjeros del otro y sin embargo estábamos hambrientos por ser. Ser uno sólo. Nos refugiábamos entre sabanas para explorarnos y meternos en los agujeros y poros más pequeños e increíbles. Nos encerrábamos en cuartos para introducir manos, uñas, pelos y saliva –cualquier cosa que pareciese durar- para ir dejando huellas y marcas incrustadas en el otro. Eduardo quería domesticarme, salvarme de mi soledad salvaje y radical. Yo buscaba retirarlo de su desgarrador y lastimoso deseo de tener a muchas mujeres llenando sus distintos placeres.

Cuando la piel de juntaba, los gemidos se reconocían, la penetración ahogaba las dudas, y los fluidos interminables chillaban ¡quédate!

Nos necesitábamos y lo exclamábamos con mordiscos. Tras incesantes rasguños, susurrábamos que no queríamos dejarnos. Éramos rebeldes que no nos cansábamos de los mismos besos y caricias. Sabíamos reconocernos con los ojos cerrados experimentando con nuestros otros sentidos. Jugábamos extasiarnos hasta más no poder. Nos buscábamos sin parar. Siempre buscando más.

Adopcion

Había pasado por situaciones incómodas en cuanto a la adopción. No había querido reconocerlas ni aceptar que me molestaban e irritaban, pero después de muchos años me di cuenta que sí, que había tenido que pasar por alto momentos fuertes y bastantes decepciones.

En muchas ocasiones mis amigos me hicieron la misma pregunta (y era de esas que dan justo en el clavo y dan una puntada en el estómago como si estuvieses montado en una montaña rusa): “¿por qué no te pareces a tus papás?” No tenía respuesta. No quería gritarle al mundo mi diferencia. Esto despertaba una gran tristeza que a pesar del intento de callarla, me invadía con preguntas. ¿Por qué me dieron? ¿Por qué mi madre no podía conmigo? ¿Quiénes eran esas personas que me habían regalado? ¿Era como ellos?.

En el colegio, había tareas que me ponían nerviosa y en tensión. En una materia, algo así como “proyecto familiar”, o cualquier nombre estúpido de esos que le ponen a las clases para que suenen más interesantes, nos pidieron que contáramos la historia de nuestro nacimiento y que hiciéramos un árbol genealógico. ¡Qué vaina!. No sabía por dónde comenzar, pero mi madre se encargó de todo: puso unas fotos mías pequeña, escaneó una hoja donde había pintado el borde de mis manos y mis pies y escribió una historia corta de mi vida con letras de colores en la computadora. Llegué emocionada al salón, entregué mi proyecto y esperé. A la semana lo recibí de vuelta con baja nota. No entendía nada. ¿Eso significaba que mi historia de vida estaba “mala”? ¿No me había explicado bien? Busqué respuestas a mi alrededor y pronto me enteré de cuál había sido el problema. En los proyectos de mis compañeros estaba todo, es decir, había una verdadera historia con un principio claro y estable reflejado en unas fotos de fetos, de barrigas inmensas posando y de nacimientos sangrientos y asquerosos. De nuevo inseguridades, depresiones, preguntas intranquilas y muy personales: ¿Me viste? ¿Me cargaste? ¿Me diste de comer? ¿Qué hice? ¿Sonreí? ¿Qué sentiste? ¿Te viste en mí?

Por otro lado, las idas al doctor eran desagradables y poco placenteras. Respondía siempre con un “no se” inquieto ante las preguntas acerca de mi historial médico. No tenía idea si mi familia había sufrido de diabetes, de cáncer, de infartos, de problemas del corazón o de cualquier tipo. Estaba sin información. Era frágil por no tener porqués.

Sí me molestaba haber tenido que pasar por todo eso y no saber. Me incomodaba no saber de dónde había venido, cómo había sido, quién era verdaderamente. Sentía que había perdido mi identidad al momento de nacer y que ésta había sido reemplazada por una, aunque excelente y segura, falsa; que no tenía un origen; que faltaba algo en mi pasado para completarme.

A mi vida le faltaba una pieza del rompecabezas. Yo lo había estado buscando y dejando ir, es decir, sin saberlo, me había refugiado en diferentes cuerpos para sentirme deseada, pero eso se había convertido en decepciones, pérdidas, separaciones, rechazos y abandonos.

Con Eduardo era distinto. De vez en cuando me sorprendía una depresión que hacía que la relación temblara. Terremoto de situaciones sin respuesta. Pero él me sabía contener para que no me corriera por todas partes y me desbordara convirtiendo mis “problemas” en dramas incontrolables. Él sabía mantenerme estable y en control de mis emociones. Él me brindaba lo más importante: consistencia, el estar ahí sin abandonarme y sin rendirse; un amor que me llenaba y tranquilizaba.

Ouroboros

“Principio y fin” (lo que significaba mi nombre) regían todo el mecanismo. Ouroboros interminable: se tragaba su propia cola para estar en un constante ciclo. Creación y destrucción al mismo tiempo. Repetición sin parar. ¿Estaba envuelta en un eterno retorno? ¿Sería siempre igual? ¿Estaría siempre autodestruyéndome al comerme a sí misma o podía recrearse todo y aprender para no caer de nuevo?

Dos en una. Una bebé que se quejaba por el ruido, la luz… a la que le resolvían y hacían todo por miedo a que gritara desesperadamente y pataleara; y una mujer con determinaciones, metas, sueños. Que le encantaba un reto para así esforzarse y empujar con todo lo que tenía. Que sorprendía por su fuerza y la energía que transmitía.

Dos caras de una moneda. ¿Cara o sello? ¡Qué importaba! Moneda en fin. Principio y fin que formaban un círculo, un hueco. Hueco que sangraba. Aborto que deseaba ser.

La competencia

La competencia me daba mala espina. Esto era raro porque toda mi vida había tratado siempre, o al menos lo que recordaba, de estar en constante rivalidad contra otros para ser la mejor. Era raro que no me sintiera “en mi elemento” al tener que hacer cosas para destacarme y resplandecer por encima de otras estúpidas. Era raro que no saliera y gritara -¡yo puedo, yo soy la mejor, nadie puede contra mí!-. Era raro que no pudiera dominar la situación y que no me sintiera superior a esas “mosquitas muertas”, “niñas bobas sin nada interesante que decir ni aportar”, “chicas tontas sin carácter”, “sosas, falsas y frígidas”. Era simplemente raro.

Había aprendido a competir en la gimnasia. Es falso que los papás metan a sus hijos en los deportes para que “hagan algo”. Claro, siempre quieren y necesitan tiempo para hacer sus cuestiones sin tenerlos montados encima suyo todo el tiempo, pero ésta no es la principal razón. Todo padre quiere que su hijo pueda competir. Pueda debatir. Pueda sostenerse en cualquier situación embarazosa, vergonzosa, difícil y traumática. Pueda salir adelante. Pueda defenderse. Eso es lo esencial. Quieren que formen un caparazón y que sean lo suficientemente fuertes para luchar y combatir contra cualquier obstáculo que se les presente.

Para mí habían elegido la gimnasia olímpica. Deporte entretenido, lindo de ver, que enseña valores de perseverancia, disciplina, dedicación y entrega. Pero en mi caso, como todo que lo llevaba al extremo, la constancia la convirtí en obsesión, la aplicación en desgarres físicos y emocionales, y la devoción en suicidios del alma.

Empecé a competir, no sólo conmigo misma sino con mis compañeras. No, con mis amigas, con mis hermanas. Los eventos y evaluaciones se convertían en enfrentamientos y desafíos para probar quién era mejor que quién. Eran para ver quién hacía la mejor rutina sin caerse, sin moverse, sin cagarla, mientras que las otras rezaban porque metiera la pata. Era un rin de boxeo y nos hacíamos llamar “equipo”. El talento y la habilidad no eran reconocidos y ahí cada quien estaba concentrado en su cosa. Cada quien pensando en su propio beneficio. Cada quien meditando para que todo saliera lo mejor posible.

Al competir con aquellas niñas que eran íntimas mías, perdí toda dignidad. Perdí mi fuerza y mi norte. ¿Qué hacía? ¿Tenía algún sentido? ¿El premio valía la pena? No sabía.

Tan solo tenemos UNA vida

Le di una oportunidad. A él que volteaba la tortilla y me hacía creer que no tenía la culpa, y a mí misma que tenía muchas ganas de querer. De quererlo. El amor llegó de esa manera tan brusca para que yo pudiese ser capaz de reconocerlo. Sólo se reconoce algo que ya se ha visto y vivido. Algo que es familiar. Por eso me llamó la atención y me atrapó a pesar de todos los contras. Por eso di una oportunidad… porque me era conocido. Di una oportunidad porque es sólo una vida. Una maldita vida en la que no tenemos chance de ensayar y practicar lo que vamos a hacer, decir o sentir. Una vida donde el hombre no tiene tiempo para experimentar una misma teoría. No tiene tiempo, ni creo que ganas, de hacer pruebas cuidadosas, gentiles y fastidiosas para ver qué pasa en cada caso. El hombre se equivoca, se cae, se derrumba y arrastra todo lo que encuentre a su paso. Por el hecho de que simplemente somos arrojados… lanzados en el mundo y obligados a vivir, como salvajes, y sobrevivir los retos que se levantan como obstáculos en el camino. Creo que era Milán Kundera el que se preguntaba sobre “el valor que podía tener la vida, cuando el primer ensayo para vivir es ya la vida misma”… y creo que la respuesta es… ninguno. O más bien todo el sentido del mundo si nos ponemos a pensar en la fugacidad de las cosas, en su forma de ser instantánea… en que todo pasa… en que los momentos, por más vivos que sean, mueren y desaparecen. Si pensamos así, no nos estancamos en las trabas e inconvenientes, sino que pensamos en que son simples errores que no podrán repetirse ni volver jamás.

lunes, 3 de enero de 2011




Amor hallado. Amor buscado y necesitado. Amor absurdo y loco. Irracional que se desespera y muerde. Incoherente que adora y maltrata a la misma vez. Amor descabellado sin lógica y sin por qués. Amor de noches de delirio, lujuria y erotismo. De mañanas de arrepentimiento, remordimiento y penas. Amor contradictorio. Amor disparatado.

Te quiero tontamente. Te quiero aunque el dolor sea insoportable. Te quiero mientras tiemblo y vibro. Mientras me espanto y asusto. Te quiero en tu abandono, en tu cambio y en tu olvido.

Me quieres. Me quieres porque soy insaciable. Porque mi hambre te enciende y te agita. Porque mi inagotable deseo te activa, seduce y anima.

Amor que sirve a pesar de que jugamos a irnos. A resignarnos. A desconcertarnos. Amor que funciona porque no nos adecuamos, amoldamos ni accedemos. Amor que trata a pesar del vacío. Del llanto y la desilusión. Que trata aunque sea inútil y esté en la soledad. Amor que busca entre escombros. Amor que escucha y entiende. Amor que sobrevive el silencio y muere con las miradas. Amor fuerte. Que se levanta, se alza, se eleva y vuela. Amor que se encarama. Amor que se fabrica