La competencia me daba mala espina. Esto era raro porque toda mi vida había tratado siempre, o al menos lo que recordaba, de estar en constante rivalidad contra otros para ser la mejor. Era raro que no me sintiera “en mi elemento” al tener que hacer cosas para destacarme y resplandecer por encima de otras estúpidas. Era raro que no saliera y gritara -¡yo puedo, yo soy la mejor, nadie puede contra mí!-. Era raro que no pudiera dominar la situación y que no me sintiera superior a esas “mosquitas muertas”, “niñas bobas sin nada interesante que decir ni aportar”, “chicas tontas sin carácter”, “sosas, falsas y frígidas”. Era simplemente raro.
Había aprendido a competir en la gimnasia. Es falso que los papás metan a sus hijos en los deportes para que “hagan algo”. Claro, siempre quieren y necesitan tiempo para hacer sus cuestiones sin tenerlos montados encima suyo todo el tiempo, pero ésta no es la principal razón. Todo padre quiere que su hijo pueda competir. Pueda debatir. Pueda sostenerse en cualquier situación embarazosa, vergonzosa, difícil y traumática. Pueda salir adelante. Pueda defenderse. Eso es lo esencial. Quieren que formen un caparazón y que sean lo suficientemente fuertes para luchar y combatir contra cualquier obstáculo que se les presente.
Para mí habían elegido la gimnasia olímpica. Deporte entretenido, lindo de ver, que enseña valores de perseverancia, disciplina, dedicación y entrega. Pero en mi caso, como todo que lo llevaba al extremo, la constancia la convirtí en obsesión, la aplicación en desgarres físicos y emocionales, y la devoción en suicidios del alma.
Empecé a competir, no sólo conmigo misma sino con mis compañeras. No, con mis amigas, con mis hermanas. Los eventos y evaluaciones se convertían en enfrentamientos y desafíos para probar quién era mejor que quién. Eran para ver quién hacía la mejor rutina sin caerse, sin moverse, sin cagarla, mientras que las otras rezaban porque metiera la pata. Era un rin de boxeo y nos hacíamos llamar “equipo”. El talento y la habilidad no eran reconocidos y ahí cada quien estaba concentrado en su cosa. Cada quien pensando en su propio beneficio. Cada quien meditando para que todo saliera lo mejor posible.
Al competir con aquellas niñas que eran íntimas mías, perdí toda dignidad. Perdí mi fuerza y mi norte. ¿Qué hacía? ¿Tenía algún sentido? ¿El premio valía la pena? No sabía.

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