La ruta estaba abierta. Había dejado que se abriera. Una ruta perversa que era una locura errónea llena de juegos absurdos y suspiros sádicos dentro de un cuerpo instantáneo. Había dejado que un control obsceno que derretía el hielo y depositaba fuegos líquidos en dosis rudas dentro de un cuerpo arrancado explotara dentro de mí. Dejé que la llave quedara adentro atrapada en fluidos de fuego, fluidos juzgados, convirtiéndose en polvos venenosos, en errores líquidos. Las puertas hacia lo perverso a veces se cerraban por cuestiones que se me salían de las manos, haciendo que los suspiros se derritieran y se volvieran humo, que hubiesen polvos arrancados de cuerpos mordidos y pecados falsos en el límite de los huesos. Pero había una potencia del cuerpo con una obsesión venenosa tan fuerte, que anhelaba los límites de lo perverso dada en dosis pasionales, en dosis de suspiros, en polvos derretidos, en errores obscenos. Nos encantaban esas equivocaciones.
Eduardo tenía la llave de mis huesos. Yo era su obsesión en potencia. Mi control había desaparecido y las puertas de mi cuerpo quedaron abiertas a los instintos, esperando una aventura venenosa prometida. El humo espeso de los fuegos del cuerpo quedó como juego interno, juego nuestro. Juegos del pecado que mordían el líquido, juegos sucios con fluidos obscenos, fluidos rudos, fluidos derretidos, juegos venenosos con líquidos arrancados. Teníamos que cuidarnos de esos juegos del fuego porque no era un fuego medido ni un fuego limitado y controlado, sino que todo era un juego abarcante. Lo que hacíamos era jugar con pecados venenosos, con los instintos arrancados y volvíamos todo un líquido perverso, líquido sádico, líquido duro que mordíamos despacio dentro de la aventura del polvo.
Lo nuestro nos llevaba pasión adentro, a las entrañas del polvo del fuego. Lo nuestro no eran errores del cuerpo y no había ningún tipo de juicio pasional para decirnos lo que era correcto de la cintura para abajo. Lo nuestro era dos cuerpos de aventuras dentro del humo de los huesos. Era una desaparición adentro que iba arrancando el líquido por un camino rudo y límites rojos. No había control sexual sino un control perverso y espeso que se expandía con gritos absurdos, fluidos rápidos, instintos venenosos, líquidos verdaderos en esa ruta roja. Nos encantaba vivir en el fuego y tener esos cuerpos venenosos… cuerpos hechos humo viviendo el pecado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario