Había encontrado mi lugar, mi hogar, mi sitio seguro. En el corazón de Eduardo había depositado mis ganas, anhelos y sueños. Había crecido en él.
Tratábamos de callar nuestro amor, de esconderlo para mantenerlo puro y virgen. De tenerlo lejos de las palabras, caras, chismes y paja de terceros que no tenían nada que ver con nosotros. En el silencio cómplice de nuestro amor, nos entendíamos. Ese mismo que nos calmaba, nutria y satisfacía. No necesitábamos gritar nuestra pasión sino que al mantenerla encerrada, ésta se concentraba y solidificaba. Cuando el callar se volvía insoportable, gritábamos y estallábamos uno dentro del otro llenándonos de peces escurridizos llenos de fantasías.
Nos buscábamos el uno al otro para acompañarnos en nuestras traiciones, mentiras y culpas. Yo buscaba sentir su pasado para entender sus parrandas, sus putas y sus locuras. Él trataba de hacerme entender que sus caídas y tropiezos me habían ayudado a estar allí. Allí para él. Lista para él.
Dentro de nuestros abandonos instantáneos en los que tratábamos de cambiar y olvidarnos, aparecían luces de repente que nos iluminaban el camino para hacernos saber que nos pertenecíamos. Que debíamos buscar –no fuera- sino dentro de cada uno para hallarnos. Que las respuestas en cuanto a compañía, pareja, cariño, estaban en la mirada del otro.
Nos abandonábamos casi a diario tras mini peleas, pero sólo para darnos cuenta que nuestra sed y ansiedad se saciaba al volver a estar juntos. Nos tocaba resignarnos y entender que teníamos que estar en pareja, como amantes en uno solo. Punto.
Éramos extranjeros del otro y sin embargo estábamos hambrientos por ser. Ser uno sólo. Nos refugiábamos entre sabanas para explorarnos y meternos en los agujeros y poros más pequeños e increíbles. Nos encerrábamos en cuartos para introducir manos, uñas, pelos y saliva –cualquier cosa que pareciese durar- para ir dejando huellas y marcas incrustadas en el otro. Eduardo quería domesticarme, salvarme de mi soledad salvaje y radical. Yo buscaba retirarlo de su desgarrador y lastimoso deseo de tener a muchas mujeres llenando sus distintos placeres.
Cuando la piel de juntaba, los gemidos se reconocían, la penetración ahogaba las dudas, y los fluidos interminables chillaban ¡quédate!
Nos necesitábamos y lo exclamábamos con mordiscos. Tras incesantes rasguños, susurrábamos que no queríamos dejarnos. Éramos rebeldes que no nos cansábamos de los mismos besos y caricias. Sabíamos reconocernos con los ojos cerrados experimentando con nuestros otros sentidos. Jugábamos extasiarnos hasta más no poder. Nos buscábamos sin parar. Siempre buscando más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario