Datos personales

Mi foto
Tengo 22, licenciada en letras de la UCV

Amaya

Me llamo Amaya Barrios y soy licenciada en letras de la UCV... Me encanta escribir y es lo que pienso hacer en este blog... Bienvenidos....

lunes, 9 de mayo de 2011

Adopcion

Había pasado por situaciones incómodas en cuanto a la adopción. No había querido reconocerlas ni aceptar que me molestaban e irritaban, pero después de muchos años me di cuenta que sí, que había tenido que pasar por alto momentos fuertes y bastantes decepciones.

En muchas ocasiones mis amigos me hicieron la misma pregunta (y era de esas que dan justo en el clavo y dan una puntada en el estómago como si estuvieses montado en una montaña rusa): “¿por qué no te pareces a tus papás?” No tenía respuesta. No quería gritarle al mundo mi diferencia. Esto despertaba una gran tristeza que a pesar del intento de callarla, me invadía con preguntas. ¿Por qué me dieron? ¿Por qué mi madre no podía conmigo? ¿Quiénes eran esas personas que me habían regalado? ¿Era como ellos?.

En el colegio, había tareas que me ponían nerviosa y en tensión. En una materia, algo así como “proyecto familiar”, o cualquier nombre estúpido de esos que le ponen a las clases para que suenen más interesantes, nos pidieron que contáramos la historia de nuestro nacimiento y que hiciéramos un árbol genealógico. ¡Qué vaina!. No sabía por dónde comenzar, pero mi madre se encargó de todo: puso unas fotos mías pequeña, escaneó una hoja donde había pintado el borde de mis manos y mis pies y escribió una historia corta de mi vida con letras de colores en la computadora. Llegué emocionada al salón, entregué mi proyecto y esperé. A la semana lo recibí de vuelta con baja nota. No entendía nada. ¿Eso significaba que mi historia de vida estaba “mala”? ¿No me había explicado bien? Busqué respuestas a mi alrededor y pronto me enteré de cuál había sido el problema. En los proyectos de mis compañeros estaba todo, es decir, había una verdadera historia con un principio claro y estable reflejado en unas fotos de fetos, de barrigas inmensas posando y de nacimientos sangrientos y asquerosos. De nuevo inseguridades, depresiones, preguntas intranquilas y muy personales: ¿Me viste? ¿Me cargaste? ¿Me diste de comer? ¿Qué hice? ¿Sonreí? ¿Qué sentiste? ¿Te viste en mí?

Por otro lado, las idas al doctor eran desagradables y poco placenteras. Respondía siempre con un “no se” inquieto ante las preguntas acerca de mi historial médico. No tenía idea si mi familia había sufrido de diabetes, de cáncer, de infartos, de problemas del corazón o de cualquier tipo. Estaba sin información. Era frágil por no tener porqués.

Sí me molestaba haber tenido que pasar por todo eso y no saber. Me incomodaba no saber de dónde había venido, cómo había sido, quién era verdaderamente. Sentía que había perdido mi identidad al momento de nacer y que ésta había sido reemplazada por una, aunque excelente y segura, falsa; que no tenía un origen; que faltaba algo en mi pasado para completarme.

A mi vida le faltaba una pieza del rompecabezas. Yo lo había estado buscando y dejando ir, es decir, sin saberlo, me había refugiado en diferentes cuerpos para sentirme deseada, pero eso se había convertido en decepciones, pérdidas, separaciones, rechazos y abandonos.

Con Eduardo era distinto. De vez en cuando me sorprendía una depresión que hacía que la relación temblara. Terremoto de situaciones sin respuesta. Pero él me sabía contener para que no me corriera por todas partes y me desbordara convirtiendo mis “problemas” en dramas incontrolables. Él sabía mantenerme estable y en control de mis emociones. Él me brindaba lo más importante: consistencia, el estar ahí sin abandonarme y sin rendirse; un amor que me llenaba y tranquilizaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario