“Principio y fin” (lo que significaba mi nombre) regían todo el mecanismo. Ouroboros interminable: se tragaba su propia cola para estar en un constante ciclo. Creación y destrucción al mismo tiempo. Repetición sin parar. ¿Estaba envuelta en un eterno retorno? ¿Sería siempre igual? ¿Estaría siempre autodestruyéndome al comerme a sí misma o podía recrearse todo y aprender para no caer de nuevo?
Dos en una. Una bebé que se quejaba por el ruido, la luz… a la que le resolvían y hacían todo por miedo a que gritara desesperadamente y pataleara; y una mujer con determinaciones, metas, sueños. Que le encantaba un reto para así esforzarse y empujar con todo lo que tenía. Que sorprendía por su fuerza y la energía que transmitía.
Dos caras de una moneda. ¿Cara o sello? ¡Qué importaba! Moneda en fin. Principio y fin que formaban un círculo, un hueco. Hueco que sangraba. Aborto que deseaba ser.

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