Le di una oportunidad. A él que volteaba la tortilla y me hacía creer que no tenía la culpa, y a mí misma que tenía muchas ganas de querer. De quererlo. El amor llegó de esa manera tan brusca para que yo pudiese ser capaz de reconocerlo. Sólo se reconoce algo que ya se ha visto y vivido. Algo que es familiar. Por eso me llamó la atención y me atrapó a pesar de todos los contras. Por eso di una oportunidad… porque me era conocido. Di una oportunidad porque es sólo una vida. Una maldita vida en la que no tenemos chance de ensayar y practicar lo que vamos a hacer, decir o sentir. Una vida donde el hombre no tiene tiempo para experimentar una misma teoría. No tiene tiempo, ni creo que ganas, de hacer pruebas cuidadosas, gentiles y fastidiosas para ver qué pasa en cada caso. El hombre se equivoca, se cae, se derrumba y arrastra todo lo que encuentre a su paso. Por el hecho de que simplemente somos arrojados… lanzados en el mundo y obligados a vivir, como salvajes, y sobrevivir los retos que se levantan como obstáculos en el camino. Creo que era Milán Kundera el que se preguntaba sobre “el valor que podía tener la vida, cuando el primer ensayo para vivir es ya la vida misma”… y creo que la respuesta es… ninguno. O más bien todo el sentido del mundo si nos ponemos a pensar en la fugacidad de las cosas, en su forma de ser instantánea… en que todo pasa… en que los momentos, por más vivos que sean, mueren y desaparecen. Si pensamos así, no nos estancamos en las trabas e inconvenientes, sino que pensamos en que son simples errores que no podrán repetirse ni volver jamás.

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