Hubo siempre contradicciones en nuestra relación. A veces sentía que éramos dos islas completamente distintas con mucha, mucha, agua entre nosotros. Sentía que el límite estaba en cualquier error, así hubiese sido yo la que lo instigara. En muchas ocasiones lo senté en la cama del apartamento de la Guaira (nuestro pequeño apartamento que usábamos como escapatoria de la rutina y cansancio que puede producir Caracas) y le decía cómo quería que fuesen las cosas, cómo debía actuar él en diferentes escenarios, qué debía pasar si sucedía esto o cómo debía mirar si pasaba lo otro. Eran clases donde él me daba la razón y yo sentía que lo ataba cada vez más fuerte a mí y mis necesidades de amor absoluto.
Un amor así de fuerte y forzado no suele ser verdadero. Así lo creía a veces. Sándor Márai llegó a escribir que “no se puede amar con tanto crispamiento y delirio” y creo que tiene razón. Todo amor que esté alrededor de un límite, está destinado a morir. Cuando me di cuenta de esto, no sabía si era muy tarde. Hice lo que pude por recuperarlo. Poco a poco lo logré y volvió esa pasión desenfrenada donde estaba hambrienta y sintiendo que moría poco a poco sin su cuerpo. Necesitaba que su amor me penetrara y me llenara. Que me salvara, que me hiciera volar. Que me envenenara y ardiese alrededor suyo. Alguna vez salió de mi boca “Atraviésame… entra en mí y has que agonice repitiendo tu nombre. Te quiero sobre mí… siempre. Ámame hasta la última nube, ámame hasta el fondo del abismo”.
Esa pasión torpe buscaba, quería y deseaba. Reclamaba infinita cantidad de besos diarios; de lenguas que se cruzaban, que jugaban, que se tocaban y lubricaban, que se saboreaban y se obsesionaban.
A veces trataba de imaginarlo como un extraño, trataba de verlo como alguien completamente desconocido… Me encantaba, me emocionaba. Entonces… jugaba a seducirlo desde cero. Lo hacía mío como si fuese la primera vez. Nuestro amor era siempre nuevo, siempre fresco y siempre rico. No nos conformábamos… siempre buscábamos algo más.
Amor prohibido, amor intrigante. A veces se me escapan frases como “mátame con tu cuerpo; márcame con tus besos y tus dedos que se deslizan para llenarme; derríteme con el calor de tu piel rozando la mía y poséeme”.
Me enamoré de sus ojos buscando en mi interior las respuestas para calmar su sed; me enamoré de sus manos indagando, encontrando, recorriendo espacios desconocidos; me enamoré de su nariz atada a su deseo.
Me tiene completa, y sin embargo, me sigue buscando. Le suplicaba “sigue… no pares jamás. Deja que tu sangre se alborote cada vez que estemos cerca. Deja que sea interminable esta pasión. No te conformes, sigue buscando, sigue inyectándome tú amor venenoso. Mátame de apego, mátame de adhesión, mátame amor, de amor por ti”.
Cerraba los ojos y lo sabía, saboreaba mis labios y lo sabía, lo reconocía en mi piel y dentro de ella. Estaba metido, estaba adentro… haciéndome explotar desde el interior, desde ese lugar que ambos conocíamos, que era sólo nuestro.
¿Era posible todo eso? Que lo amara de esta manera en tan sólo 3, 4, 5 meses… que quisiera darle todo y darme completa a él… Yo creía en esto y para mí era suficiente. No necesitamos más. Él y yo. Yo abriéndome y él envolviéndome. Yo su piel, él mi sangre.
Juntos éramos uno y así, éramos todo. Éramos todas las respuestas que habíamos estado buscando siempre. Éramos el qué, el dónde y el por qué.

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