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Amaya

Me llamo Amaya Barrios y soy licenciada en letras de la UCV... Me encanta escribir y es lo que pienso hacer en este blog... Bienvenidos....

lunes, 9 de mayo de 2011

celos absurdos

Las relaciones siempre tienen problemas y yo estaba acostumbrada a causarlos. Necesitaba jurungar heridas y momentos embarazosos para sentirme completa. Necesitaba caos y llanto. Ya para estos momentos está claro que soy rara. Pero tuve la necesidad con Eduardo de enredar las cosas, de cuestionar y arruinar mi felicidad. Ese deseo de caer era representado en mí como un querer deshacer. Llevar las cosas a los precipicios y que el peso y la gravedad hicieran de las suyas. Quería botar todo por la poceta y esperar que otro la bajara. Quería destrozar todo lo que había pasado hasta entonces porque… porque sí. No soportaba la perfección ni la felicidad. Extrañaba mis arrebatos contra el mundo y el odio a mí misma. Quería recuperarlos.

Cada día era como si quisiera enterarme de un detalle de su vida que no estaba pasando. No eran secretos los que descubría. No revisaba su celular como hacía con otros noviazgos ni mandaba a amigas que se hicieran pasar por otras y le escribieran. Una vez hice eso y me llevé tremenda sorpresa. Estaba saliendo con un chico que me fascinaba, pero que tenía algo que no se sentía bien. No me sentía segura de él. De tenerlo. De pertenecerle. Le pedí a una amiga que le escribiera a su celular y viese qué tal era. El resultado fue espantoso. El chamo, Ricardo, le echó los perros, la invitó a salir y le mandó fotos desnudo. Qué patético. Hay que estar seguro de con quién se está. Los hombres son un peligro. O por lo menos los que yo elijo.

La cuestión era que yo inventaba todo con Eduardo. Mis sueños no ayudaban en nada sino que confundían y mezclaban las situaciones. Con lo que había pasado –Sus errores y equivocaciones- y mi imaginación, estallaban historias locas y absurdas que explotaban en peleas. Llegó un momento en que quise discutir por los sueños que estaba teniendo. Soñaba que Eduardo dejaba de sentir pasión y amor por mí. Soñaba que ya no estaba enamorado. Soñaba que me ignoraba en reuniones y fiestas con mis amigos. Soñaba siempre que él hablaba y reía con Gabriela y cuando yo le reclamaba, me gritaba que eso no tenía nada de malo o simplemente se burlaba y su risa se unía con la de ella. Soñaba que ellos eran cómplices secretos… que llevaban una relación en otra vida, en una vida paralela, donde eran perfectos. Soñaba que se decían secretos y se sentaban de cerca apuntándome con sonrisas en sus caras. Soñaba siempre con ella. Con aquella mujer con la que me habían comparado, igualado. Soñaba con actitudes conocidas donde me señalaban que era como cualquier otra, que no destacaba por encima de nadie, que no era especial, que querían más. Gustavo nunca supo explicarme bien. Nunca supo tranquilizarme. No supo no perderme dentro de los laberintos que se formaban en mi cabeza.

Lo peor era que yo misma, creadora de las historias, me las creía tanto y sabía la forma exacta para reclamarle y exprimir las situaciones para que saliera hasta la última gota, que él terminaba pidiendo perdón y justificando sus tropiezos. Era fácil imaginarlo en los brazos de otra. Era fácil verlo como amante de mujeres salvajes, con fuego y con carácter. Otra yo, por supuesto… no lo veía con alguien inferior a mí. ¿Para qué? Yo lo era todo… mujer y niña… amante y esposa. Era fácil. Ya lo había hecho. Ya había creado el hueco. Ya había abierto el grifo de la desconfianza, de las andanzas en picado, de los terremotos y tsunamis emocionales.

Los celos eran sólo teorías descontroladas… pera eran tan fuertes que la práctica se desarrollaba ante mí en frases como “voy a donde Enrique a buscar unas películas”, “voy a bajar a comprar cigarros al kiosco”, “no respondí porque no tenía señal”, “es mi prima y tiene 15 años”, “no es nadie, sólo una vecina que, por vainas de la vida, le tocó subir el ascensor conmigo”. Todo lo que decía eran bombas para mí. Bombas de proximidad. Esas que pones (como una trampa para ratones) que titilan captando el movimiento, pero que explotan cuando le pasas por encima. Ya no era capaz de tolerar las cosas más insignificantes.

Había un vértigo en mi amor por Eduardo que se podría discutir. La profundidad infinita de su amor me intrigaba, me seducía, me engañaba para que cayera. Quería caer. Quería entrar en su interior que era, para mí, infinito. Pero no ponía fuerza. No me resistía. No peleaba en contra de esas manos que me halaban hacia adentro… dentro de él… como debería suceder cuando te enfrentas con el vértigo… sino que me dejaba ir con sus vientos absorbentes. Deseaba adentrarme. Quería caer. ¿El vértigo es querer derrumbarse o defenderse ante la posibilidad de caer? No lo sé.

Puse nuestra relación en riesgo. Lo quise así. Quise el límite. Siempre el último chance. La última oportunidad. Así era más intenso y por lo tanto, más real. Lo dejé en el borde del precipicio y lo puse a prueba a ver si resistía la presión del vértigo. A ver si se dejaba caer o luchaba por mantenerse en puntillas. ¿Dejarse ir significaba que no me amaba y escogía una vida sin complicaciones, disfraces y tormentos? ¿Luchar en contra era querer estar constantemente fingiendo y adornando las cosas para que yo fuese feliz? ¿Era todo lo contrario? ¿Tenía que ver con esto?

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