Él la miraba. ¿Por qué? No se sabe pero la miraba. Sus ojos la absorbían. Ella se resistía y ponía todo para que no se la llevara. Él tenía fuerza. Ella luchaba contra sí misma pero el fuego de sus ojos la quemaba. El ardor le gustaba, el dolor la excitaba. La miraba y la desnudaba. La miraba y la acariciaba. Sin darse cuenta, entraba por las pupilas de el drogadicto. La luz la mareaba, la desorbitada. Quería apagarla. Él tragaba y ella caía en su nariz. La estaba oliendo. Olía a provocación allí adentro. Olía a seducción, a aventura, descontrol, picardía. Alergia. Es alérgico a ella. Estornuda y aparece en su boca, dulce boca. Ella siente un sabor extraño. ¿Qué hizo el? Sabe a estupidez, a ignorancia. Sabe asqueroso. A ella le gusta. Se activa, tiene algo que la prende. Se derrite sin poder evitarlo, se vuelve agua, fluido. Empieza a ser parte de él.
Amaba su dolor y el hecho de que ella pensaba que estando juntos, lo ayudaba a aliviarlo. Él empezó a depositar dosis de éxtasis en sus labios todos los días. Hizo que se volviera adicta y obsesionada por su olor y su sabor a cigarro con algo picante. Luego se alejó y la dejó jodida. Lo que antes recibía tan fácil y cómodamente, ahora debía pedir, arrastrarse y rogar por un pedazo, por un poquito de su droga, por un poquito de peligro. Ella temblaba. Estaba chupada. Débil. Necesitaba que él le hiciera daño, que abusara de ella antes de que empezara a sentir el vacío que la halaba.
Hambre. Mucha hambre. Necesitaba satisfacer para agradar. ¿Cómo? Al drogadicto lo satisfacía sexualmente para luego chocar con sus diferentes personalidades. Un momento feliz, el otro arisco. A veces cariñoso, otras intratable. Buscaba ser agradable pero terminaba siendo brusco. Algo de este doble personaje la intrigaba. Era un ser lleno de sorpresas, secretos, misterio. Nunca sabía con qué le iba a salir, cómo la iba a tratar, cuántas veces le diría que la amaba y cuántas que la detestaba. La cocaína y la heroína te pueden volver loco, pueden sacar partes de ti que desconocías y que pueden llegar a asustar terriblemente.
El miedo la excitaba, la volvía loca. No quería separarse de él. Quería ayudarlo a salir de su problema, pero a la vez, quería que él dependiera de ella y se enamorara por el simple hecho de que ella estaba ahí. Comenzó a ser una co-adicta sin darse cuenta. Todo giraba alrededor de el y sus necesidades. Se olvidó de ella: de lo que quería, de sus metas y proyectos personales. Se entregó una vez más a un hijo de puta (sin ofender a su madre) que no la valoraba ni le daba importancia. Ya no podía controlarse. No sabía cómo. Auxilio.
Amaba a su drogadicto. Sí. Es asqueroso. Amaba a ese personaje que no se bañaba porque se le olvidaba después de una noche inhalando y pinchándose, o porque había amanecido en la calle, o porque había “dormido” en casa de su ex novia (pero nada había pasado). Le encantaban sus greñas sucias y pegostosas que tenían un olor fétido. Su contradictorio piercing en la nariz que, a pesar de ser original porque ningún hombre lo usaba, lo hacían ver como marico, pero que luego lo negaba con los empujones que le daba con su miembro. Amaba sus cambios de parecer de una persona completamente bipolar: le presentó a toda su familia, le contó sus intimidades, la malcriaba con comidas exquisitas y palabras-gemidos al oído en su cama absolutamente todas las noches; pero a la vez le gritaba de repente que era una puta, regalada, cualquiera, se perdía por días y hasta semanas sin darle ninguna explicación, la dejaba sola en lugares que ella no conocía, etc. Era un mundo desconocido para ella. Vicio. Vicio. Vicio. Todo suena mejor cuando lo dices tres veces.
Él trató de alejarla varias veces. Le dijo que estaba enfermo. Que no era bueno para ella. Que se merecía algo mejor. Que amaba a su ex. Que le gustaba su mejor amiga, su hermana del alma. Nada pudo contra su obsesión. A su alrededor nadie entendía. Él era su teta que nunca chupó. Teta agria con coágulos de adicción. Nadie sabía cómo él la hacía sentir. Nadie conocía la conexión tan intensa entre ellos, la química, las miradas que se entendían y se hacían cómplices. Ella era igual que el.

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